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Cuernavaca y el peso de un nombre: lo que hay detrás de la Ciudad de la Eterna Primavera

De Cuauhnáhuac a Cuernavaca: siete siglos de conquistas, haciendas y jardines detrás del apodo más repetido de Morelos.

Hay ciudades que cargan su historia como una cicatriz visible y otras que la disimulan bajo el verde constante de sus jardines, y Cuernavaca pertenece decididamente a la segunda categoría. Quien camina hoy por el centro de la capital morelense, entre jacarandas que florecen fuera de temporada y bugambilias que no parecen enterarse de que existe un invierno, difícilmente intuye que bajo el asfalto y los adoquines coloniales hay capas superpuestas de al menos siete siglos de disputas por el territorio, el agua, el azúcar y, más recientemente, por el descanso de fin de semana de la Ciudad de México. El sobrenombre de Ciudad de la Eterna Primavera, tan repetido en folletos turísticos y spots radiofónicos, funciona como una especie de anestesia retórica: convierte en paisaje amable lo que en realidad fue, durante siglos, un territorio de conquistas sucesivas, de señoríos indígenas sometidos por otros señoríos indígenas antes incluso de que llegara cualquier español, y de una violencia agraria que en el siglo XX terminaría por parir uno de los movimientos revolucionarios más estudiados de América Latina. Entender de dónde viene ese apodo, y qué hay detrás de él, obliga a desmontar la postal y mirar la ciudad como lo que realmente es: un valle estratégico entre el altiplano central y la costa del Pacífico, codiciado precisamente por ese clima que ahora se vende como atractivo turístico. No se trata de negar el atractivo real de ese clima, que es verificable y que efectivamente explica buena parte del interés que la región despertó en distintas épocas, sino de situarlo en su contexto correcto: como una condición geográfica que sucesivos poderes —tlahuicas, mexicas, españoles, hacendados, un emperador europeo de paso y finalmente la industria turística contemporánea— supieron identificar y explotar cada uno a su manera, con intereses casi siempre muy alejados del descanso contemplativo que hoy asociamos con la frase.

Antes de que existiera el nombre Cuernavaca, y mucho antes de que cualquier cronista europeo pusiera un pie en el valle, la región ya tenía una historia densa de asentamientos humanos. El territorio que hoy ocupa el estado de Morelos fue habitado en distintas etapas por grupos olmecas, y recibió más adelante la influencia de las culturas maya, teotihuacana y mixteco-zapoteca, lo cual sitúa a esta franja del centro-sur de México como un corredor cultural activo desde mucho antes del esplendor mexica. La huella arqueológica más elocuente de ese pasado profundo se encuentra en Xochicalco, al occidente de Morelos, un centro ceremonial y político que alcanzó relevancia regional durante el periodo conocido como Epiclásico, y que sigue siendo hoy uno de los sitios prehispánicos mejor conservados del país, aunque no debe confundirse con el asentamiento que dio origen directo a la ciudad de Cuernavaca. Ese origen específico hay que buscarlo en los tlahuicas, un grupo nahua que, según la tradición oral recogida por cronistas posteriores, migró desde Aztlán junto con otros pueblos nahuatlacas y se asentó en el valle entre los siglos XII y XIV, aunque conviene precisar que la lengua tlahuica pertenece a la familia otomangueana y no a la uto-azteca, lo cual la distingue lingüísticamente del náhuatl pese a la cercanía cultural y política que ambos pueblos mantuvieron durante generaciones.

Los tlahuicas no llegaron a un territorio vacío ni construyeron un poder unificado desde el principio. Se organizaron en un conjunto de veintidós pequeñas ciudades-estado, cada una gobernada por un tlatoani que heredaba el título, y ese mosaico político terminó centrado en Cuauhnáhuac, cuyo nombre náhuatl se traduce habitualmente como “junto al bosque” o “rodeado de árboles”, una descripción geográfica que reforzaba, ya desde antes de la llegada española, la identidad de la ciudad como un lugar verde y boscoso en contraste con el altiplano más árido del valle de México. Existe también una lectura alternativa del topónimo que lo vincula con “valle o planicie de las águilas”, derivada de la raíz cuauhtli, y aunque las fuentes no coinciden en una única interpretación, ambas versiones apuntan a la misma idea de fertilidad y abundancia natural que definiría después la reputación de la ciudad. Cuauhnáhuac no permaneció independiente: el Códice Mendocino documenta su conquista sucesiva por gobernantes mexicas como Acamapichtli e Itzcóatl, y hacia 1430, con la consolidación de la Triple Alianza, los tlahuicas quedaron integrados como tributarios del imperio azteca, obligados a enviar productos agrícolas, textiles y mano de obra hacia Tenochtitlan a cambio de una autonomía relativa en sus asuntos internos. Esa condición tributaria explica en buena medida por qué, cuando los españoles llegaron al valle en 1521, encontraron una estructura política ya acostumbrada a negociar con un poder central distante, un antecedente que Hernán Cortés supo leer y aprovechar con la misma frialdad calculadora que había desplegado en Tenochtitlan.

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Tras la caída de Tenochtitlan, Cortés no eligió el valle de México como residencia personal, sino precisamente Cuauhnáhuac, y esa decisión tuvo consecuencias que todavía se pueden visitar hoy. En 1529 la Corona española le otorgó el título de Marqués del Valle de Oaxaca, un señorío que en la práctica abarcaba buena parte de lo que hoy es el estado de Morelos, y Cuernavaca se convirtió en la cabecera administrativa de ese marquesado, lo cual explica por qué el conquistador decidió construir ahí su residencia principal en territorio novohispano. El llamado Palacio de Cortés, cuya construcción concluyó en su etapa fundamental hacia 1535 según una inscripción en náhuatl hallada en una de sus columnas, se levantó reutilizando materiales y mano de obra indígena sobre las ruinas de un antiguo centro ceremonial y de tributo tlahuica conocido como Tlatocayancalli, que había funcionado precisamente para recolectar los impuestos de las poblaciones sujetas al señorío de Cuauhnáhuac bajo el mando del cacique Yoatzin. El edificio, una de las construcciones civiles más antiguas que se conservan en México, funciona actualmente como Museo Regional Cuauhnáhuac bajo resguardo del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y en sus muros y en las ventanas arqueológicas abiertas durante restauraciones posteriores todavía puede rastrearse la superposición literal entre la ciudad tlahuica destruida y la villa colonial que se edificó encima de sus cimientos, una metáfora arquitectónica bastante exacta de lo que fue el proceso colonizador en general.

Cortés no se limitó a construir un palacio: transformó la vocación económica del valle de manera duradera al introducir el cultivo de la caña de azúcar, aprovechando la disponibilidad de agua y el clima templado que siglos después se convertiría en la marca turística de la región. Ya en la década de 1520 se instalaron los primeros trapiches en localidades como Tlaltenango, Axomulco y Amanalco, y a partir del siglo XVII las haciendas azucareras proliferaron con fuerza en los fértiles valles de Cuernavaca y Cuautla, convirtiendo a esta zona en una de las regiones productoras de azúcar más importantes de la Nueva España durante buena parte del periodo virreinal. El sistema de haciendas, heredero directo de la encomienda y en última instancia de la organización feudal castellana, concentró progresivamente la tierra y el agua en manos de un puñado de familias hacendadas, mientras las comunidades indígenas que antes habían gozado de cierta autonomía bajo el régimen tributario mexica quedaban reducidas a mano de obra dependiente. Ese desequilibrio, que se fue acumulando durante casi cuatro siglos con distintas variantes legales, no es un dato anecdótico para entender la Cuernavaca actual: es la raíz directa del conflicto agrario que estallaría en Morelos a comienzos del siglo XX y que el propio nombre de Emiliano Zapata volvería universal.

El siglo XVIII trajo a Cuernavaca un episodio menos conocido pero igualmente revelador de su atractivo como refugio de la élite novohispana: la construcción del Jardín Borda. José de la Borda, un minero de origen francés enriquecido en las vetas argentíferas de Taxco, encargó a su hijo, el presbítero Manuel de la Borda y Verdugo, la edificación de una casa de descanso y jardín botánico que comenzó a construirse hacia 1763 y se concluyó en 1783, cinco años después de la muerte del propio José de la Borda, quien —dato que contrasta con la fama de su fortuna minera— falleció relativamente empobrecido. El diseño incorporó terrazas escalonadas, albercas, fuentes y juegos de agua inspirados en modelos franceses, alimentados por gravedad desde el manantial de La Borda, y reunió especies vegetales nativas y exóticas que consolidaron la fama de Cuernavaca como un lugar de vegetación exuberante incluso antes de que ningún viajero europeo bautizara formalmente el clima de la ciudad. Ese jardín, pensado originalmente como capricho privado de una familia minera, terminaría un siglo más tarde convertido en escenario de la breve y trágica aventura imperial de Maximiliano de Habsburgo.

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El siglo XIX resultó particularmente accidentado para Cuernavaca, atrapada entre las guerras de independencia, las intervenciones extranjeras y las pugnas internas del México decimonónico por definir su forma de gobierno. La independencia no trajo estabilidad inmediata a la región: la propia guerra de Ayutla, a mediados de siglo, enfrentó a los hacendados azucareros con facciones lideradas por figuras como Juan Álvarez, que respaldaban las demandas de restitución de tierras y mejoras laborales de los pueblos, un anticipo directo de las tensiones que definirían el siglo siguiente. En 1869, ya durante la República Restaurada, el gobierno liberal creó formalmente el estado de Morelos, separándolo del Estado de México, en una decisión que respondía en parte al interés de debilitar el poder político que los hacendados azucareros habían acumulado durante la primera mitad del siglo. Fue precisamente en ese contexto de tránsito político donde ocurrió el episodio más singular del siglo XIX cuernavacense: entre 1865 y 1866, tras una visita a Yucatán, el emperador Maximiliano de Habsburgo y la emperatriz Carlota Amalia eligieron el Jardín Borda como su residencia de descanso, atraídos según sus propias cartas por la posibilidad de experimentar, en palabras del propio emperador, una vida verdaderamente tropical a pocas horas de la capital. El arquitecto de la corte, Carl Gangolf Kaiser, remodeló tanto el Jardín Borda como el antiguo Palacio de Cortés para adecuarlos al uso imperial, y durante ese breve periodo la aristocracia del Segundo Imperio organizó en los jardines recepciones y conciertos al aire libre que quedaron registrados en la memoria local, aunque el propio proyecto imperial de Maximiliano se derrumbaría poco después, en 1867, con su fusilamiento en Querétaro. Con el paso de las décadas, el Jardín Borda recibiría también a figuras tan dispares como Francisco I. Madero, Emiliano Zapata, Porfirio Díaz y Diego Rivera, una lista de visitantes que por sí sola resume las tensiones irreconciliables del México que se gestaba entre el porfiriato y la revolución.

Y es justamente en ese tránsito entre el siglo XIX y el XX donde hay que ubicar el origen documentado del sobrenombre que hoy identifica a la ciudad en todo el mundo hispanohablante. El naturalista prusiano Alexander von Humboldt visitó Cuernavaca el 10 de abril de 1803, durante el trayecto que lo llevaba de Acapulco hacia la Ciudad de México como parte de su extensa expedición científica por América junto al botánico Aimé Bonpland, y quedó tan impresionado por la estabilidad térmica y la vegetación del valle que describió la región como una zona de primavera eterna en su obra Vistas de las Cordilleras y Monumentos de los Pueblos Indígenas de América. Conviene ser precisos aquí, porque la atribución a Humboldt, repetida hasta la saciedad en materiales turísticos, convive con otra versión —menos documentada pero presente en algunas fuentes locales— que sitúa la consolidación popular del apodo ya entrado el siglo XX, como una construcción publicitaria posterior que retomó y popularizó la observación decimonónica del naturalista alemán para fines de promoción turística. Lo verificable es que la frase aparece efectivamente en los escritos de Humboldt vinculada a la región de Cuernavaca, y que desde entonces el calificativo ha perdurado durante más de dos siglos hasta convertirse en la síntesis oficial de la identidad de la ciudad, aunque Cuernavaca no es, ni de lejos, la única localidad de habla hispana que reclama para sí el mismo título, lo cual conviene mencionar para evitar la exageración retórica tan frecuente en la narrativa turística local.

El fundamento climático del apodo, en cualquier caso, tiene una explicación geográfica bastante concreta y verificable más allá de la anécdota del viajero ilustrado. Cuernavaca se asienta a una altitud media cercana a los 1,500 metros sobre el nivel del mar, protegida por la Sierra de Chichinautzin al norte, lo cual le confiere un clima templado subhúmedo con temperaturas promedio que oscilan aproximadamente entre los 17 y los 27 grados Celsius a lo largo del año, sin los extremos de calor o frío que caracterizan a otras regiones del país situadas a altitudes muy distintas. Esa combinación de altitud intermedia, protección orográfica y humedad suficiente para sostener una vegetación perenne —jacarandas, bugambilias, ceibas y una notable diversidad de especies introducidas desde el siglo XVIII— es la que efectivamente permite que la ciudad mantenga follaje y floración de manera casi continua, incluso si en las últimas décadas el cambio climático y la expansión urbana descontrolada han comenzado a alterar de forma perceptible ese equilibrio histórico, con temperaturas más elevadas y patrones de lluvia cada vez más erráticos que ponen en entredicho, según diagnósticos ambientales recientes, la sostenibilidad futura del propio apodo que hizo famosa a la ciudad.

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Si el siglo XIX cerró con la consolidación política de Morelos como estado y con la anécdota imperial del Jardín Borda, el siglo XX abrió con la explosión social más determinante en la historia de la región: la Revolución Mexicana en su vertiente zapatista. El detonante concreto tuvo nombre y apellido de haciendas: las de Coahuixtla y La Concepción intentaron ocupar tierras que las comunidades de Anenecuilco y Villa de Ayala consideraban ancestrales, y esa agresión concreta contra la propiedad comunal desencadenó en 1911 el levantamiento armado encabezado por Emiliano Zapata, un episodio que no puede entenderse sin los tres siglos previos de concentración de tierra y agua en manos de los hacendados azucareros descritos párrafos atrás. El propio Zapata entró a Cuernavaca en 1914, y la ciudad y sus alrededores fueron escenario recurrente de enfrentamientos y decisiones militares cruciales del Ejército Libertador del Sur durante la fase armada del conflicto; las haciendas que antes habían sido símbolo del poder hacendado se transformaron literalmente en cuarteles, y muchas de ellas, como la de Chinameca —donde el coronel Jesús Guajardo tendería años después la emboscada que costó la vida al propio Zapata en 1919— o la de Tlaltizapán, quedaron marcadas para siempre por episodios de traición y violencia política que la memoria local sigue narrando con la misma intensidad de un relato reciente. Las incursiones zapatistas, sobre todo a partir de 1912, destruyeron buena parte de la infraestructura azucarera de la región, quemando cañaverales y saqueando maquinaria, de modo que al concluir la fase armada del movimiento revolucionario el poderoso grupo de hacendados que había dominado la economía morelense durante siglos se encontraba prácticamente desintegrado, y el liderazgo nacional en la producción de azúcar se había desplazado ya de manera definitiva hacia Veracruz.

La segunda mitad del siglo XX transformó a Cuernavaca en un objeto muy distinto de aquel valle agrario disputado entre hacendados y comunidades campesinas: la convirtió en el destino de descanso preferido de la clase media y alta de la Ciudad de México, un fenómeno que se aceleró notablemente con la mejora de las vías de comunicación entre ambas ciudades y que terminó de consolidarse con la construcción de la autopista México-Cuernavaca, la cual redujo el trayecto a poco más de una hora y media y multiplicó el número de residencias de fin de semana, condominios y clubes campestres en la periferia de la ciudad. Ese proceso de expansión urbana explica por qué la Zona Metropolitana de Cuernavaca, integrada actualmente por municipios como Jiutepec, Temixco, Emiliano Zapata, Xochitepec, Tepoztlán, Tlaltizapán y Huitzilac, se contaba ya en 2020 con más de un millón de habitantes, cifra que la ubica entre las dieciséis zonas metropolitanas más pobladas de todo el país, un crecimiento demográfico que trajo consigo beneficios económicos evidentes pero también un deterioro documentado de los ecosistemas urbanos y periurbanos que originalmente sostenían la fama primaveral de la ciudad, particularmente en las barrancas —esas mismas que en 1521 detuvieron el avance de Cortés— hoy afectadas por asentamientos irregulares, descargas de aguas residuales sin tratamiento y acumulación de basura según diagnósticos ambientales elaborados por instancias locales de planeación urbana.

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La identidad cultural de Cuernavaca durante el siglo XX no se redujo, sin embargo, al fenómeno del turismo de fin de semana capitalino. La ciudad se convirtió también en refugio de artistas, intelectuales y exiliados de distinta procedencia, un patrón que puede rastrearse desde las visitas de figuras como Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros al propio Jardín Borda hasta la instalación de museos que hoy exhiben parte de ese legado, como el Museo Robert Brady, dedicado al coleccionista estadounidense que hizo de la ciudad su residencia definitiva, o el Museo de Arte Indígena Contemporáneo, que documenta la producción artesanal y artística de comunidades indígenas actuales de todo México. La combinación de un clima favorable, una cercanía razonable con la capital del país y un costo de vida tradicionalmente inferior al de la Ciudad de México convirtió a Cuernavaca en un polo de atracción para escuelas de idiomas orientadas a estudiantes extranjeros, para retirados provenientes de Estados Unidos y Canadá, y para una comunidad artística que encontró en la ciudad una escala más manejable que la de la megalópolis vecina, sin renunciar del todo a su cercanía cultural y comercial.

Dentro de ese flujo de extranjeros que fue llegando a la ciudad a lo largo del siglo XX, hay un caso que merece mención aparte porque terminó por fijar la imagen literaria de Cuernavaca ante el mundo angloparlante de una manera muy distinta a la de los folletos turísticos. El escritor inglés Malcolm Lowry llegó a México en 1936 y, tras un primer paso conflictivo por Oaxaca que incluyó al menos un arresto por ebriedad, se instaló junto a su primera esposa, Jan Gabrial, en el entonces célebre Hotel Casino de la Selva de Cuernavaca a finales de ese mismo año, en un intento —fallido, como terminaría por confirmarse— de salvar su matrimonio. De esa estancia, y de un regreso posterior a la ciudad ya con su segunda esposa, Margerie Bonner, surgió el material autobiográfico que Lowry transformaría durante casi una década de reescrituras en Bajo el volcán, publicada finalmente en 1947 y considerada desde entonces una de las grandes novelas del siglo XX en lengua inglesa, incluida por la editorial Modern Library en el puesto undécimo de su lista de las cien mejores novelas del siglo en ese idioma. Lowry decidió no usar el nombre castellano de la ciudad y prefirió llamarla Quauhnáhuac a lo largo de toda la novela, recuperando deliberadamente el topónimo náhuatl para narrar el descenso alcohólico y sentimental de Geoffrey Firmin, un excónsul británico que se pierde entre cantinas, volcanes y un Día de Muertos de 1938 marcado también por la tensión política de la nacionalización petrolera cardenista. La novela, adaptada al cine por John Huston varias décadas después con locaciones filmadas en la propia región, terminó convirtiendo a Cuernavaca en un escenario literario de referencia internacional, aunque de signo bastante distinto al de la ciudad jardín que describía Humboldt: la Quauhnáhuac de Lowry es un lugar de belleza amenazante, de esplendor natural que convive con la violencia y el sinsentido, una lectura que contradice de raíz la imagen puramente idílica que la propia ciudad ha preferido explotar comercialmente durante décadas.

La propia expresión “eterna primavera” terminó institucionalizándose más allá de la literatura y la promoción hotelera, hasta convertirse en el nombre de una celebración anual que todavía convoca a buena parte de la ciudad: la Feria de la Primavera, que en su formato actual se realiza en el recinto ferial de Acapantzingo, sobre lo que fue el antiguo pueblo del mismo nombre, hoy conocido también como la Unidad Deportiva Bicentenario. Ese tipo de apropiación institucional del apodo, que convierte una frase de un naturalista decimonónico en calendario festivo oficial, ilustra bastante bien cómo una ciudad puede terminar administrando su propia leyenda hasta hacerla indistinguible de su identidad cotidiana. Algo parecido ocurre con el reconocimiento internacional del sobrenombre: Cuernavaca ha firmado hermanamientos y memorandos de cooperación con ciudades que comparten, o reclaman compartir, ese mismo título de ciudad de la eterna primavera, entre ellas una localidad catalana y la ciudad estadounidense de Minneapolis, con la que Cuernavaca formalizó en 2008 un acuerdo de cooperación cultural, turística y comercial, un gesto que confirma hasta qué punto el clima se convirtió, con el paso de los siglos, en la principal carta de presentación diplomática de la ciudad frente al resto del mundo. A esa identidad festiva se suma una oferta cultural que hoy recorre buena parte de la memoria descrita en este texto: el Museo Regional Cuauhnáhuac instalado en el propio Palacio de Cortés, el Museo Etnobotánico contiguo al Jardín Borda, el Museo de Fotografía y el ya mencionado Museo Robert Brady conviven con una tradición gastronómica que combina el mole verde de pepita, la cecina, la barbacoa de carnero y los mixiotes de pescado, platillos que sintetizan tanto la herencia indígena tlahuica como los siglos de mestizaje culinario posteriores a la conquista, y que hoy funcionan como otro de los anzuelos turísticos con los que la ciudad atrae a quienes buscan, todavía, ese escape de fin de semana que la separa apenas por una hora y media de la Ciudad de México.