image 2

La Casa de la Torre: el universo íntimo de Robert Brady en el corazón de Cuernavaca

La Casa de la Torre en Cuernavaca guarda el legado de Robert Brady: 1,300 piezas de arte del mundo entero, reunidas por un coleccionista.

A un costado de la Catedral de la Asunción de Cuernavaca, donde las campanas marcan el paso de los peregrinos y los turistas con la misma indiferencia con la que lo hicieron durante los últimos cuatro siglos, se alza una construcción que no anuncia su contenido desde la calle. La fachada es discreta, casi monástica en su sobriedad, coronada por una torre esbelta que rompe la horizontalidad del entorno colonial. Quien cruza el umbral de Nezahualcóyotl número 4 sin conocer su historia previa suele quedarse detenido en el primer patio, desconcertado por la acumulación deliberada de objetos que no pertenecen, en apariencia, al mismo relato: máscaras africanas junto a crucifijos virreinales, títeres javaneses conviviendo con óleos de pintores mexicanos de primera línea, muebles coloniales rescatados de conventos desaparecidos junto a piezas prehispánicas de procedencia diversa. Esa yuxtaposición, que a primera vista podría leerse como capricho de coleccionista excéntrico, es en realidad el resultado de una vida entera dedicada a mirar el mundo con un criterio estético muy particular, el de Robert Brady, un pintor y diseñador estadounidense que convirtió su casa de adopción en uno de los museos más singulares de México sin proponérselo como proyecto museográfico, sino como extensión natural de su manera de habitar el espacio.

La casa que hoy alberga el museo tiene una historia que antecede por varios siglos a la llegada de Brady y que conviene desenredar antes de abordar la biografía del coleccionista, porque el edificio mismo es una pieza más de la colección, quizás la más grande y la más elocuente. La construcción original data del siglo XVI y formó parte de un convento franciscano, uno de los muchos que la orden erigió en la región de Cuernavaca durante el proceso de evangelización posterior a la Conquista, cuando la ciudad y sus alrededores se convirtieron en un territorio estratégico para las órdenes mendicantes por su cercanía con la capital virreinal, la fertilidad de sus tierras y un clima que los propios frailes describieron en sus crónicas como excepcionalmente benigno para la vida conventual. La región de Cuernavaca, situada en el antiguo señorío de Cuauhnáhuac, había sido ya un enclave de relevancia política antes de la Conquista, y los franciscanos aprovecharon esa importancia previa para establecer ahí una de sus primeras y más sólidas bases de operación en el centro del país, levantando junto al convento principal —hoy sede de la Catedral— un conjunto de edificaciones anexas destinadas a distintas funciones administrativas, educativas y de residencia de los propios religiosos, entre las cuales se encontraba el inmueble que con el tiempo se conocería como la Casa de la Torre.

Durante siglos el inmueble mantuvo su función religiosa, ligado administrativamente a la vida de la Catedral, hasta que a finales del siglo XIX y comienzos del XX experimentó una transformación arquitectónica decisiva: el entonces segundo obispo de Cuernavaca, Francisco Plancarte y Navarrete, quien encabezó la diócesis entre 1898 y 1911 y que fue una figura de notable inquietud intelectual dentro de la jerarquía eclesiástica mexicana de su tiempo, ordenó la construcción de la torre que hoy da nombre popular al inmueble y que originalmente sirvió como observatorio astronómico, una función poco común para un edificio eclesiástico pero que refleja el interés que ciertos sectores del clero mexicano de la época tenían por las ciencias naturales y la astronomía, disciplinas que no se consideraban entonces incompatibles con la vida religiosa y que, por el contrario, formaban parte de una tradición de clérigos ilustrados con intereses científicos que se remontaba, en México, hasta los tiempos virreinales. Esa torre, elevada sobre el acceso principal, con su volumen esbelto que rompe deliberadamente la horizontalidad predominante en el resto de la construcción, es el elemento arquitectónico que distingue al edificio en el perfil urbano de Cuernavaca y el que le dio, desde entonces, el nombre con el que se le conoce coloquialmente: la Casa de la Torre, una denominación que sobrevivió tanto a los cambios de propietario como a la eventual conversión del inmueble en espacio museístico, y que se ha convertido en la forma más habitual mediante la cual los propios habitantes de Cuernavaca se refieren al recinto, incluso por encima del nombre oficial del museo.

La vida institucional del edificio se vio interrumpida de manera abrupta por los conflictos religiosos y políticos que sacudieron a México durante el primer tercio del siglo XX. La Guerra Cristera, que enfrentó entre 1926 y 1929 al gobierno federal con sectores católicos que se resistían a las políticas anticlericales del Estado posrevolucionario, tuvo repercusiones directas sobre el patrimonio eclesiástico de todo el país, y la Casa de la Torre no fue la excepción. El inmueble fue desamortizado, es decir, separado de la propiedad de la Iglesia y transferido a manos particulares, un proceso que se replicó en numerosos conventos, templos y propiedades religiosas durante esas décadas convulsas. La casa pasó entonces a ser propiedad de un particular de nombre George Thatcher, del que se conserva relativamente poca información pública, y permaneció en ese estatus de vivienda privada hasta que, en 1961, un pintor estadounidense que llevaba apenas dos años residiendo en México quedó fascinado por sus proporciones, su ubicación y su potencial, y decidió adquirirla para convertirla en su hogar definitivo.

Robert Brady nació en 1928 en Fort Dodge, Iowa, en el seno de una familia de posición económica desahogada que le permitió, desde joven, orientar su formación hacia las artes plásticas sin las urgencias materiales que suelen condicionar las trayectorias de otros artistas de su generación. Esa condición de holgura económica resulta relevante no como simple dato biográfico anecdótico, sino porque explica en buena medida el tipo de trayectoria que Brady pudo construir a lo largo de su vida, una trayectoria basada en la movilidad internacional constante, en la posibilidad de residir largas temporadas en ciudades tan distintas como Chicago, Filadelfia, Venecia y finalmente Cuernavaca, y en la capacidad de adquirir, a lo largo de décadas, un volumen de piezas artísticas que un artista sin recursos propios difícilmente habría podido reunir, por refinado que fuera su criterio estético.

image 3

Su educación formal transcurrió en tres instituciones que resultaron determinantes para su desarrollo posterior como coleccionista y diseñador: el Instituto de Arte de Chicago, una de las escuelas de bellas artes más prestigiosas de Estados Unidos y cuna de generaciones enteras de pintores modernos norteamericanos, donde Brady tuvo un primer contacto sistemático tanto con la técnica pictórica como con la historia del arte occidental a través de una de las colecciones museísticas más completas del país; el Centro Tyler de las Artes de la Universidad de Temple, en Filadelfia, orientado a la formación práctica en pintura y diseño y que complementó su formación chicagüense con un énfasis mayor en el trabajo de taller y en la experimentación con distintos materiales y técnicas; y la Fundación Barnes, en Merion, Pensilvania, una institución peculiar fundada por el coleccionista Albert C. Barnes que reunía una de las colecciones de arte moderno más importantes de Estados Unidos, con obras de Cézanne, Renoir, Matisse y Picasso entre muchos otros, y que se distinguía por un método de exhibición propio, en el que las obras se agrupaban no por escuela, cronología o nacionalidad, sino por afinidades formales de color, línea y composición, mezclando en un mismo muro pintura moderna europea, artesanía metálica, muebles antiguos y arte africano según un criterio estrictamente visual definido por el propio Barnes. Ese método, radical para su época y todavía hoy objeto de estudio dentro de la museología, resulta imposible no vincular, en retrospectiva, con la manera en que décadas más tarde Brady organizaría su propia colección en Cuernavaca, hasta el punto de que la Casa de la Torre puede leerse, en más de un sentido, como una versión doméstica y personal del experimento museográfico que Brady había presenciado de joven en Pensilvania.

Terminada su formación estadounidense, Brady emprendió el primero de los desplazamientos que marcarían el resto de su vida: un traslado a Europa que lo llevó a instalarse en Venecia durante un periodo que las distintas fuentes sitúan entre cinco y seis años, probablemente a lo largo de los años cincuenta. La Venecia de posguerra era, para un artista joven con recursos e inquietudes cosmopolitas, un territorio fértil de conexiones sociales y artísticas, y fue precisamente ahí donde Brady entabló la que sería una de las amistades más determinantes de su vida, la que sostuvo con Peggy Guggenheim, la legendaria coleccionista estadounidense que para entonces ya había instalado su propia colección en el Palazzo Venier dei Leoni, sobre el Gran Canal, y que se había convertido en el epicentro de un círculo social que mezclaba artistas, aristócratas venidos a menos, exiliados y coleccionistas de todo el mundo. En ese ambiente, Brady no solo afinó su ojo como observador de arte, sino que absorbió un modelo de vida que combinaba la práctica pictórica personal con la construcción paciente de una colección privada capaz de convertirse, eventualmente, en legado público, un modelo que Guggenheim misma llevaría a su culminación años más tarde al convertir su palazzo veneciano en museo. La coincidencia no es menor: tanto Guggenheim como Brady terminarían, cada uno en su propio país de adopción, transformando su casa en fundación museística, y ambos, además, elegirían ser enterrados en el jardín de esa misma casa junto a sus perros, un detalle biográfico que revela hasta qué punto la experiencia veneciana de Brady trascendió lo puramente artístico para convertirse en una forma de entender la relación entre la vida privada y su proyección pública.

A finales de la década de los cincuenta, Brady decidió cruzar el Atlántico en sentido inverso, no de regreso a Estados Unidos sino hacia México, país que en esos años se había convertido en destino habitual de artistas, escritores e intelectuales extranjeros atraídos por el vigor de la escena cultural posrevolucionaria, la fuerza del muralismo, el costo de vida favorable y un clima social que, en determinados círculos urbanos, ofrecía una libertad personal difícil de encontrar en Estados Unidos durante esos años de conservadurismo social. Brady llegó a la Ciudad de México en 1959 y ahí residió durante dos años, un periodo de aclimatación en el que sin duda profundizó su conocimiento del arte mexicano contemporáneo y estableció los primeros contactos con artistas locales, antes de que en 1961 emprendiera una visita a Cuernavaca que resultaría decisiva. La ciudad, situada a poco más de ochenta kilómetros al sur de la capital, gozaba entonces de un clima templado durante todo el año que le había valido el sobrenombre de “ciudad de la eterna primavera”, además de una tradición ya consolidada como refugio de descanso para las élites mexicanas y como destino de artistas e intelectuales extranjeros que buscaban un ritmo de vida distinto al de la capital. Brady quedó cautivado de inmediato por la ciudad, por su vegetación exuberante, por la calidad de su luz y por la disponibilidad de una arquitectura colonial todavía relativamente accesible en términos económicos, y ese mismo año adquirió la Casa de la Torre, decisión que marcaría el resto de su existencia.

La casa que Brady compró no era, ni de lejos, la joya restaurada que hoy reciben los visitantes del museo. Décadas de usos diversos y de descuido habían deteriorado buena parte de la estructura original, con techos y muros que arrastraban el desgaste acumulado desde la salida de la orden franciscana y el paso por manos particulares durante el periodo posrevolucionario, y el nuevo propietario emprendió un proceso de restauración que se extendería, según los registros disponibles, a lo largo de veinticuatro años, prácticamente el resto de su vida en México. Ese proceso no se limitó a la recuperación estructural del inmueble, sino que implicó una intervención estética profunda, guiada por el criterio personal de un artista que entendía la arquitectura doméstica como un lienzo tridimensional en el que cada muro, cada vano y cada transición entre habitaciones representaba una oportunidad compositiva. Brady respetó en la medida de lo posible los cánones de la construcción colonial —los muros gruesos, los patios interiores, la disposición en torno a jardines, el uso de materiales tradicionales como la teja de barro y la cantera— pero introdujo también decisiones propias de diseñador: combinaciones cromáticas audaces en los muros interiores, con tonos saturados que en la actualidad siguen distinguiendo a cada una de las salas del museo, disposiciones de mobiliario pensadas como composiciones visuales antes que como arreglos funcionales convencionales, y una integración constante entre arquitectura y jardín que convirtió a los espacios abiertos de la casa en una prolongación tan cuidada como cualquiera de las salas techadas, con senderos, fuentes y áreas de sombra que Brady trató con el mismo rigor compositivo que aplicaba a la disposición de un cuadro dentro de una habitación cerrada. El resultado de esas dos décadas y media de trabajo continuo fue una vivienda que, sin dejar de ser reconociblemente una construcción colonial mexicana en su estructura fundamental, adquirió una personalidad decorativa absolutamente singular, irrepetible fuera de ese contexto específico, y que constituye en sí misma uno de los aportes más originales de Brady al patrimonio arquitectónico de Cuernavaca.

Durante los años que vivió en Cuernavaca, Brady organizó su tiempo con una disciplina que combinaba la producción artística personal con los viajes que alimentaban su colección. De acuerdo con distintos testimonios recogidos por quienes se han dedicado a documentar su biografía, el pintor solía dedicar buena parte del año, aproximadamente nueve meses, a la pintura y al diseño de tapices, piezas textiles que él mismo diseñaba y que después mandaba tejer en Chiconcuac, el poblado del Estado de México célebre por su tradición artesanal en el tejido, particularmente de sarapes y tapetes de lana. Los tres meses restantes los dedicaba a viajar, y fue precisamente esa itinerancia constante la que le permitió ir sumando, pieza por pieza, la colección que décadas después se convertiría en el corazón del museo. No se trataba de una acumulación azarosa: cada objeto que Brady adquiría en sus recorridos por el mundo tenía, según coinciden quienes han estudiado la casa, un destino específico dentro de la vivienda, un lugar pensado de antemano en función de la luz, del color de los muros circundantes o de la relación visual que establecería con otras piezas ya presentes en esa habitación, lo cual explica por qué cada uno de los espacios de la casa posee una identidad decorativa tan marcada y diferenciada del resto.

La vida social de Brady en Cuernavaca estuvo lejos de ser la de un ermitaño dedicado exclusivamente a la contemplación de su colección. Por el contrario, la casa de la Torre se convirtió en un punto de encuentro habitual para un círculo de visitantes que incluía a algunas de las figuras más relevantes del arte, la cultura y el espectáculo de mediados del siglo XX, tanto mexicanas como internacionales, en buena medida gracias a que Cuernavaca funcionaba entonces como un refugio de descanso predilecto para la élite cultural y social tanto mexicana como estadounidense, un fenómeno que se remontaba a décadas atrás y que Brady supo aprovechar para consolidar su propia posición dentro de esas redes sociales. Entre quienes frecuentaron la casa o mantuvieron amistad cercana con Brady se cuentan la bailarina y activista Josephine Baker, la pintora Tamara de Lempicka, el matrimonio formado por Rufino Tamayo y Olga Tamayo, el oaxaqueño Francisco Toledo, las actrices Dolores del Río, Rita Hayworth y Gloria Swanson, el dramaturgo Tennessee Williams, la actriz Helen Hayes, la soprano María Callas, el psicoanalista y filósofo social Erich Fromm —quien residió buena parte de su vida en Cuernavaca y cuya presencia en la ciudad atrajo a su vez a otros intelectuales interesados en su pensamiento—, el pensador y crítico social Ivan Illich, los escritores Carlos Fuentes y Octavio Paz, y hasta la ex reina de Italia, Josefina, cuya presencia en este círculo da cuenta de la mezcla peculiar entre aristocracia europea desplazada, intelectualidad latinoamericana y estrellato hollywoodense que caracterizaba las reuniones organizadas en torno a Brady. La propia Peggy Guggenheim, la amiga veneciana, visitó a Brady en varias ocasiones en su nueva casa mexicana, lo que sugiere que la relación entre ambos coleccionistas se mantuvo activa mucho después de que sus caminos geográficos se separaran, y que Cuernavaca llegó a funcionar, durante ciertos periodos, como una suerte de extensión americana de aquel círculo veneciano que Brady había frecuentado en su juventud. Esta red de relaciones no era un simple ornamento social: alimentó también su colección, pues varias de las obras que hoy pueden verse en el museo llegaron a manos de Brady precisamente a través de estos vínculos de amistad con los propios artistas, lo cual añade a las piezas un valor documental que trasciende lo estrictamente estético, al tratarse de objetos que circularon dentro de una red específica de afectos y complicidades intelectuales de la época, y que permiten reconstruir, a través del inventario del museo, un mapa bastante preciso de las amistades que Brady cultivó a lo largo de su vida adulta.

En el terreno estrictamente pictórico, Brady mantuvo también una carrera propia como pintor y diseñador que, sin alcanzar la notoriedad de sus amigos más célebres, le permitió exhibir su trabajo en galerías de Nueva York, Venecia, Filadelfia y Providence, mientras que sus diseños textiles se expusieron y comercializaron tanto en México como en Los Ángeles. Esta faceta creativa propia resulta importante para entender la lógica interna de su colección: Brady no era un simple acumulador de objetos valiosos guiado por el mercado o por el prestigio de las firmas, sino un artista en ejercicio que evaluaba cada pieza que incorporaba a su casa con el criterio de quien sabe mirar composición, color y textura, y que integraba esas adquisiciones en un diálogo constante con su propia producción pictórica y textil.

image 4

Robert Brady murió en Cuernavaca en 1986, sin descendencia, después de haber convertido su casa, a lo largo de veinticinco años, en un compendio personal del arte del mundo tal como él lo había recorrido y sentido. Fiel al ejemplo que había presenciado en Venecia con Peggy Guggenheim, sus restos fueron sepultados en el jardín de la propia Casa de la Torre, acompañados por sus perros, en una decisión que cerraba de manera coherente el círculo abierto casi tres décadas antes en los canales venecianos. Antes de morir, había expresado con claridad su voluntad de que la casa, junto con la totalidad de su colección, se convirtiera en un museo abierto al público, un deseo que no quedó como simple intención sino que se tradujo en la creación de una estructura legal específica para garantizar su cumplimiento: la Fundación Robert Brady, A.C., constituida en México, que trabajó de la mano con una fundación hermana establecida en Estados Unidos, la Robert Brady Foundation, ambas destinadas a sostener económica y administrativamente el proyecto museístico y a preservar en el tiempo el acervo reunido por el pintor.

La conversión efectiva de la vivienda en museo requirió cuatro años de trabajo posteriores a la muerte de Brady, un periodo durante el cual el Instituto Nacional de Antropología e Historia, en asociación con las dos fundaciones mencionadas, emprendió las labores de saneamiento estructural, catalogación del acervo y reacomodo museográfico necesarias para abrir la casa al público sin traicionar el espíritu original con el que Brady había dispuesto cada objeto. Quienes participaron en ese proceso de adaptación optaron por un criterio de intervención mínima, procurando respetar en la mayor medida posible lo que en los materiales institucionales sobre el museo se describe como “el ojo del artista”, es decir, la lógica compositiva que el propio Brady había impuesto a lo largo de dos décadas y media de habitar y decorar la casa. El resultado de ese esfuerzo conjunto se materializó el 18 de febrero de 1990, fecha en que el Museo Robert Brady abrió formalmente sus puertas al público, convirtiéndose desde entonces en una de las casas-museo más visitadas del centro de México y en un referente obligado para quien recorre el circuito cultural de Cuernavaca junto con el Palacio de Cortés y el Jardín Borda.

La colección que el museo resguarda y exhibe asciende, según los registros más consistentes disponibles, a poco más de mil trescientas piezas catalogadas, aunque algunas caracterizaciones más recientes del propio recinto sitúan la cifra total del acervo, incluyendo objetos no necesariamente expuestos de manera permanente, en alrededor de mil quinientas piezas. Se trata, en cualquier caso, de una colección de una amplitud geográfica y cronológica poco común para una colección privada de origen individual, que abarca desde figuras prehispánicas de distintas culturas mesoamericanas hasta arte contemporáneo de mediados del siglo XX, pasando por mobiliario colonial mexicano, arte sacro virreinal, arte popular de diversas regiones de México, piezas de arte africano, oceánico, indio, paquistaní y de otras regiones de Asia, además de un núcleo relevante de pintura y obra gráfica moderna firmada por algunos de los nombres más importantes del arte mexicano e internacional del siglo XX.

Entre los pintores mexicanos presentes en la colección con obras de relevancia se cuentan Rufino Tamayo, cuya amistad personal con Brady queda documentada tanto por la presencia de sus piezas en la casa como por las referencias directas a su cercanía social; Frida Kahlo, de quien el museo conserva obra que constituye uno de los atractivos más comentados por los visitantes; Miguel Covarrubias, figura clave del muralismo y la caricatura política mexicana con proyección internacional; María Izquierdo, una de las pintoras mexicanas más relevantes de su generación; Francisco Toledo, cuya amistad personal con Brady también se documenta de manera directa; Manuel Rodríguez Lozano; José Clemente Orozco, uno de los tres grandes muralistas mexicanos; y Diego Rivera, presente particularmente a través de litografías originales que se exhiben en la que se conoce dentro del museo como la Sala de Obra Gráfica, un espacio dedicado específicamente a la producción impresa y que reúne, además de las piezas de Rivera, litografías de José Guadalupe Posada, el grabador cuya obra sobre las calaveras se convertiría en referente iconográfico de la cultura popular mexicana, así como trabajos de Francisco Toledo y del pintor alemán Max Beckmann, uno de los pocos artistas europeos de peso presentes en esta sala específica y cuya inclusión da cuenta del alcance verdaderamente internacional del criterio coleccionista de Brady.

En el terreno de la pintura estadounidense y europea moderna, la colección conserva obras de Maurice Prendergast, pintor vinculado al postimpresionismo americano y a la corriente conocida como The Eight; de Marsden Hartley, una de las figuras centrales del modernismo pictórico estadounidense de comienzos del siglo XX; y de Graham Sutherland, pintor británico asociado al neorromanticismo y célebre también por su trabajo como retratista. La presencia simultánea de estos nombres junto a los grandes referentes del arte mexicano moderno da cuenta de una sensibilidad coleccionista que no establecía jerarquías rígidas entre centro y periferia artística, sino que evaluaba cada pieza en función de su fuerza expresiva individual, un criterio que remite de manera directa a la formación que Brady había recibido años antes en la Fundación Barnes, institución que como se mencionó anteriormente organizaba su propia colección siguiendo principios de afinidad formal por encima de clasificaciones históricas o geográficas convencionales.

Más allá de la pintura, el mobiliario constituye uno de los núcleos más singulares del acervo, con piezas coloniales mexicanas de considerable valor histórico, entre las que destaca un conjunto de muebles rescatados de conventos y templos franciscanos y dominicanos que fueron destruidos o desamortizados durante distintos momentos convulsos de la historia mexicana, un dato que conecta de manera directa con la propia historia del edificio que hoy los alberga, también él producto de un proceso de secularización forzada. A este núcleo se suma una notable colección de crucifijos de madera de distintas épocas y procedencias, objetos de arte sacro virreinal que documentan la tradición religiosa novohispana, y piezas de arte popular mexicano provenientes de diversas regiones del país, testimonio de los propios recorridos de Brady por el territorio mexicano en busca de artesanía y objetos tradicionales.

El componente de arte no occidental de la colección es, quizás, el rasgo que más sorprende a quienes visitan el museo por primera vez sin conocimiento previo de su contenido, precisamente porque contrasta de manera tan marcada con la ubicación del inmueble, en pleno centro histórico de una ciudad mexicana, junto a su catedral colonial, en un entorno urbano que en nada anticipa la diversidad geográfica y cultural que aguarda del otro lado de la fachada. Ese componente incluye máscaras y fetiches de fertilidad de procedencia africana, reunidas por Brady a lo largo de distintos viajes por el continente en una época en que ese tipo de coleccionismo, hoy sometido a un escrutinio ético mucho más riguroso respecto a la procedencia y legitimidad de adquisición de las piezas, se practicaba todavía con una libertad prácticamente irrestricta; títeres de sombras javaneses, testimonio del interés de Brady por las tradiciones teatrales y rituales del sudeste asiático; máscaras tribales inuit y de Papúa Nueva Guinea, procedentes de dos extremos geográficos y climáticos radicalmente distintos entre sí pero unidos en la colección por su condición de objetos rituales tallados en madera; figuras y objetos rituales adicionales de Oceanía; tapices y textiles de la India, región cuya tradición textil dialogaba de manera natural con el propio oficio de diseñador de tapices que Brady desarrollaba en paralelo desde Cuernavaca; y artefactos de origen persa, árabe y turco que documentan tradiciones decorativas y religiosas del mundo islámico, incluyendo piezas metálicas, cerámicas y textiles de notable factura.

Una de las salas más comentadas de la casa, conocida como la Sala Amarilla y que funcionaba originalmente como sala de estar de la vivienda, concentra buena parte de este acervo en una disposición que los visitantes suelen describir como una energía visual intensa y casi hipnótica, en la que máscaras africanas de fertilidad conviven con títeres javaneses y máscaras árticas y papuanas bajo una paleta cromática dominada por el amarillo que da nombre al espacio, un color que Brady eligió deliberadamente para intensificar el contraste con la madera oscura y las tonalidades terrosas de buena parte de las piezas exhibidas ahí. En otra de las habitaciones, conocida coloquialmente como la sala oriental, se concentra la colección de artefactos persas, indios, árabes y turcos, dispuestos en un juego de texturas y estampados que convive, en algunos puntos de la casa, con tapices de iconografía hindú colocados junto a imaginería católica de origen hispano, una yuxtaposición que ilustra de manera muy directa la disposición de Brady a poner en diálogo visual tradiciones religiosas y culturales que rara vez comparten espacio expositivo en un museo convencional. En distintos puntos de la casa aparecen también piezas escultóricas asiáticas de mayor tamaño, como una cabeza de Buda de piedra tallada procedente de Siam, hoy Tailandia, que se cuenta entre las piezas más fotografiadas por los visitantes del recinto y que suele funcionar, en el recorrido, como uno de los puntos de pausa obligada antes de avanzar hacia las salas dedicadas a la pintura moderna mexicana.

Uno de los aspectos que distingue de manera más clara al Museo Robert Brady de otras casas-museo mexicanas es precisamente su criterio museográfico, heredado de manera casi literal de las decisiones estéticas que el propio Brady tomó en vida al disponer sus objetos. A diferencia de la museografía convencional, que suele organizar las colecciones siguiendo criterios cronológicos, geográficos o de escuela artística, la disposición de las piezas en la Casa de la Torre responde a lo que el propio recinto ha denominado, en su comunicación institucional más reciente, “ensambles”: composiciones construidas a partir de afinidades formales de color, luz y forma, en las que un objeto prehispánico puede convivir en la misma vitrina o en el mismo muro con una pieza de arte popular africano y una pintura moderna, no porque compartan origen o época, sino porque comparten una lógica visual que Brady percibió y decidió poner en diálogo. Esta decisión curatorial, lejos de ser un simple capricho decorativo, constituye en sí misma una propuesta museológica coherente y deliberada, heredera directa del método que Albert Barnes había implementado décadas antes en su fundación de Pensilvania y que Brady, alumno de esa institución, trasladó después a su propia casa mexicana convertida en museo, cerrando así un círculo formativo que atraviesa toda su biografía, desde Chicago y Merion hasta Venecia y finalmente Cuernavaca.

La experiencia de recorrer la casa se completa con espacios que conservan de manera directa la huella cotidiana de la vida de Brady, más allá de su función estrictamente expositiva. La cocina, decorada con azulejo tradicional mexicano, conserva el carácter doméstico y funcional que tuvo durante los años en que el pintor habitó la vivienda, y ofrece a los visitantes un contrapunto íntimo frente a la intensidad visual de las salas dedicadas específicamente a la colección. La que fue su recámara personal conserva igualmente objetos de uso cotidiano junto a piezas de arte sacro, entre ellas un baúl decorado con diseños coloridos que llevaba su nombre y que se conserva como parte del recorrido, además de imágenes de Cristo, veladoras y espejos que rodeaban el espacio donde Brady dormía, en una disposición que refuerza la sensación de estar recorriendo una casa efectivamente habitada y no una vitrina museográfica despersonalizada. El jardín, por su parte, funciona como una extensión natural de las salas interiores, con esculturas dispuestas entre la vegetación de manera que solo se revelan por completo al visitante que recorre el espacio con atención, y desde el cual además se obtiene una de las vistas más apreciadas de la torre de la Catedral de Cuernavaca, un vínculo visual que recuerda de manera constante la relación física y simbólica entre la casa y el templo vecino del que en algún momento formó parte.

image 5

Desde su apertura en 1990, el Museo Robert Brady ha ocupado un lugar consolidado dentro del circuito cultural de Cuernavaca y del estado de Morelos en su conjunto, funcionando como complemento natural de otros recintos emblemáticos de la ciudad como el Palacio de Cortés, sede hoy del Museo Regional Cuauhnáhuac, o el Jardín Borda, antigua residencia de descanso construida durante el periodo virreinal y reconvertida en espacio cultural y de esparcimiento público. A diferencia de estos otros dos recintos, cuya relevancia histórica está ligada a episodios de la historia política y virreinal de México, el valor del Museo Robert Brady reside en un registro distinto: el de una mirada individual, extranjera mas no ajena, sobre el arte del mundo, articulada desde la experiencia concreta de haber elegido vivir y morir en México después de haber recorrido buena parte del planeta en busca de objetos capaces de sostener un diálogo estético propio. Esa condición de mirada foránea que se vuelve local sin perder su cosmopolitismo original es, quizás, uno de los rasgos que hacen del museo un caso particularmente interesante dentro del panorama de casas-museo del país, comparable en su lógica de origen, aunque no en su contenido, con otros proyectos similares surgidos de la voluntad de coleccionistas individuales de legar su patrimonio a la esfera pública.

La gestión actual del recinto corre a cargo de la Fundación Robert Brady, A.C., en coordinación con el Instituto Nacional de Antropología e Historia, un esquema de administración mixta que combina la naturaleza fundacional privada del origen del proyecto con la supervisión institucional propia del patrimonio cultural mexicano protegido. El museo abre sus puertas de martes a domingo, en un horario que se ha mantenido relativamente estable a lo largo de los años, de diez de la mañana a seis de la tarde, y ha desarrollado a lo largo del tiempo una programación cultural complementaria que incluye recorridos temáticos, actividades familiares y celebraciones estacionales, entre las que destaca su participación activa en el Festival de Día de Muertos, con recorridos teatralizados y actividades específicas para distintos públicos, así como su presencia constante dentro de la conmemoración de los Días Internacionales de las Casas Museo, una iniciativa que agrupa a recintos de naturaleza similar en distintas partes del mundo y en la que el museo cuernavaquense participa compartiendo precisamente los criterios de museografía por afinidad formal que constituyen su sello distintivo, invitando en ocasiones a los propios visitantes a experimentar de primera mano esa lógica compositiva mediante talleres y dinámicas participativas.

El legado de Robert Brady, visto en perspectiva casi cuatro décadas después de la apertura del museo que lleva su nombre, trasciende el valor individual de las piezas que reunió a lo largo de su vida para instalarse en un terreno más amplio, el de la reflexión sobre qué significa coleccionar arte desde una posición de privilegio económico y movilidad internacional, y qué responsabilidad ética se deriva de esa acumulación cuando se decide, como hizo Brady, ponerla al servicio de un público amplio en lugar de mantenerla como patrimonio privado transmitido por herencia familiar. La decisión de no tener descendencia directa y de canalizar toda su colección hacia una fundación pública, sostenida además por instituciones tanto mexicanas como estadounidenses, habla de una comprensión particular del coleccionismo como práctica que, en última instancia, debe rendir cuentas a la comunidad que hizo posible, con su historia y su territorio, la existencia misma de esa colección. Cuernavaca no fue para Brady un simple lugar de residencia elegido por conveniencia climática o económica, sino el escenario donde desarrolló buena parte de su propia obra pictórica y textil, donde tejió una red de amistades que incluyó a algunas de las figuras culturales más relevantes de su tiempo, y donde finalmente decidió ser enterrado, en un gesto que sella de manera definitiva la pertenencia que sintió hacia esta ciudad, más allá de su origen estadounidense y de su formación cosmopolita entre Chicago, Filadelfia y Venecia.

Para quien se dedica profesionalmente a la crónica cultural o al turismo de la región, el Museo Robert Brady ofrece además un caso de estudio particularmente rico sobre las tensiones y posibilidades del patrimonio cultural de origen privado en México, un país donde buena parte del patrimonio museístico proviene de fuentes estatales o eclesiásticas, y donde los proyectos surgidos de la iniciativa individual de coleccionistas extranjeros que decidieron establecerse de manera permanente en el país siguen siendo relativamente escasos en comparación con otros contextos internacionales. La casa de la Torre demuestra que esa vía es posible y que, cuando se sostiene con el rigor institucional adecuado y con una voluntad testamentaria clara, puede derivar en un espacio cultural capaz de enriquecer de manera duradera el tejido patrimonial de una ciudad, sin desplazar ni competir con las narrativas históricas más tradicionales asociadas al periodo virreinal o a la historia política nacional, sino complementándolas desde una perspectiva radicalmente distinta, la de un individuo que decidió que el mundo entero cabía, formalmente organizado según su propio criterio estético, dentro de los muros de un antiguo convento franciscano convertido primero en observatorio, después en vivienda particular y finalmente en el legado público que hoy recorren miles de visitantes cada año, atraídos tanto por la fuerza de las piezas individuales como por la experiencia, difícil de replicar en otros museos, de recorrer literalmente la casa donde alguien vivió, coleccionó, amó y finalmente decidió quedarse para siempre.

Ese último gesto, el de la sepultura en el propio jardín, funciona casi como una clave de lectura retrospectiva para todo lo demás. Un coleccionista que reparte su acervo entre distintas instituciones o que lo subasta tras su muerte establece, aunque sea de manera implícita, cierta distancia final respecto de los objetos que reunió en vida; Brady, en cambio, eligió permanecer físicamente dentro del espacio que había construido durante veinticinco años, rodeado de las mismas piezas que había dispuesto una por una según su propio criterio de color y forma, en una decisión que borra cualquier frontera cómoda entre el coleccionista y la colección, entre la biografía personal y el patrimonio público que esa biografía terminó por generar. Los visitantes que hoy recorren la Casa de la Torre no atraviesan, en sentido estricto, un edificio vaciado de su habitante original y reconvertido después en vitrina institucional, sino un espacio que conserva, en el trazo de cada habitación y en la disposición de cada objeto, la huella todavía legible de la mirada que lo concibió, una circunstancia que explica en buena medida por qué el Museo Robert Brady continúa generando, casi cuatro décadas después de su apertura formal, la sensación poco frecuente de estar de visita en una casa habitada antes que en un recinto museográfico convencional.