Enclavado en el cálido valle del sur de Morelos, donde la tierra respira historia y el aire huele a copal en los días de fiesta, se levanta uno de los templos más impresionantes y profundamente venerados de México: el Santuario del Señor de Tepalcingo. Su fachada, tallada con fervor y paciencia por manos indígenas del siglo XVIII, no solo es un testimonio artístico, sino el rostro visible de una tradición que ha atravesado siglos, temblores y generaciones de devotos.
La historia del Señor de Tepalcingo no comienza con piedra ni con oro, sino con un río. Según la tradición oral, hace más de 400 años, una niña del pueblo encontró flotando entre las aguas una pequeña figura de Cristo atado a una columna. Aunque la talla era sencilla, los habitantes interpretaron el suceso como una señal divina. Desde entonces, la imagen fue protegida y venerada por los lugareños, quienes construyeron una humilde ermita para su resguardo.
Pero la fe crece y con ella también los símbolos. A mediados del siglo XVIII, un escultor de Puebla fue comisionado para crear una nueva imagen del Señor, esta vez representándolo como Jesús Nazareno, con la cruz a cuestas. La leyenda cuenta que, durante su traslado hacia Tepalcingo, la imagen se volvió tan pesada que resultaba imposible moverla. Los cargadores, atribuyendo esto a una voluntad superior, decidieron que ese sería el lugar definitivo para edificarle un santuario digno.
Una obra del barroco popular novohispano
El templo comenzó a levantarse con cantera amarilla traída desde Chalcatzingo, un pueblo cercano que aún guarda vestigios olmecas. Las obras se extendieron por años, finalizando hacia 1782. Lo que surgió de ese esfuerzo colectivo fue mucho más que un edificio: fue un manifiesto de fe y arte barroco indígena.
La fachada del Santuario es una sinfonía visual. Columnas salomónicas se retuercen en dirección al cielo, rodeadas de escenas bíblicas esculpidas en estuco: la creación del mundo, la vida de Cristo, pasajes del Antiguo Testamento, e incluso animales mitológicos. Los artesanos indígenas, lejos de replicar fielmente los modelos europeos, imprimieron en cada detalle su visión del mundo, fusionando lo cristiano con símbolos prehispánicos. El resultado es un mural vivo de piedra rosa, teología y sincretismo.

Un santuario que late cada Cuaresma
Cada año, cuando el calendario marca el tercer viernes de Cuaresma, el pequeño pueblo de Tepalcingo se transforma. Desde todos los rincones del país —y del extranjero— llegan peregrinos a pie, en bicicleta o en camiones adornados, con la esperanza de agradecer, pedir o simplemente ver de cerca al Señor de Tepalcingo.
La feria religiosa es una de las más grandes del país. Danzas de Chinelos, mariachis, rezos, procesiones y mercados colman las calles. Entre los sonidos de cohetes y oraciones, la figura del Nazareno es colocada en lo alto del altar mayor, rodeada de flores y cera. Es un espectáculo de fe viva, una celebración que mezcla lo espiritual con lo festivo, lo solemne con lo popular.
Heridas del sismo y la resiliencia de la fe
El 19 de septiembre de 2017, un terremoto de magnitud 7.1 sacudió el centro de México. Tepalcingo fue uno de los pueblos más afectados. La cúpula del santuario colapsó, la fachada sufrió severas grietas y uno de los campanarios casi se desplomó.
Pero la fe no se resquebraja tan fácilmente. Aun con el templo dañado, la festividad no se suspendió. Una capilla provisional fue erigida, y la imagen del Señor continuó recibiendo a sus fieles. Las autoridades eclesiásticas y civiles se comprometieron a restaurar el santuario con el mismo detalle y respeto que lo vieron nacer siglos atrás. Se estima que la restauración completa llevará años, pero mientras tanto, la devoción permanece intacta.

Visitar el Santuario del Señor de Tepalcingo es una experiencia que trasciende lo religioso. Es encontrarse con una historia viva, con un pueblo que ha hecho de su templo no solo un lugar de culto, sino el corazón de su identidad. Entre las paredes del santuario resuenan siglos de rezos, sueños, tragedias y milagros.
Tepalcingo, aunque pequeño en tamaño, es inmenso en tradición. Y su santuario, con sus cicatrices y su belleza barroca, continúa siendo uno de los secretos mejor guardados de Morelos. Un lugar donde la piedra cuenta historias y donde la fe, año con año, se renueva como la flor del ciruelo tras la tormenta.











